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Llorar para el hombre es un prejuicio social
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Los prejuicios sociales que sofocan al hombre

En nuestra sociedad es posible encontrar algunos prejuicios con respecto a la educación de los niños o niñas, debido a falsas creencias reforzadas por la cultura. Este artículo tiene como objetivo centrar la atención en los estereotipos asociados con el sexo masculino y aclarar las consecuencias negativas que pueden conllevar estos prejuicios.

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Según diversos estudios psicológicos, en general se han observado muchas dificultades acerca de esto, debido a la tendencia a dividir de manera absolutista lo que es para hombres y, por consiguiente, lo que es generalmente masculino, de lo que es para las mujeres. [1,2,3,4,5,6]

Prejuicios sociales que nos dividen y solapan

Una propensión muy común de nuestra cultura es considerar los asuntos que implican la esfera emocional como puramente femenina: pareciera que un hombre como tal debe evitar la intimidad relacional, favoreciendo temas “externos” a la esfera emocional y más estrechamente relacionados con el rol social, como la profesión.

Estas tendencias pueden hacer que los hombres se alejen de su sensibilidad, lo que lleva a una gran limitación en el desarrollo de su personalidad. En muchos casos, esta actitud puede apoyar y fortalecer los trastornos de ansiedad.

1. Llorar es cosa de niñas

Específicamente, parece que los hombres no deberían llorar y mostrar sus sentimientos porque se los considera signos de debilidad, pero reprimir sus miedos es en muchos casos contraproducente y puede ocasionar un aumento en sus niveles de ansiedad.

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Desde el punto de vista de los psicólogos infantiles, esta manera de educar a un niño por parte de los padres puede darse a través de la comunicación directa, pero también a través de las expectativas manifestadas hacia el niño y las ideas estereotipadas de cómo debería ser.

Llorar está asociado socialmente con la fragilidad, un sentimiento que no es fácil de proyectar en uno mismo, aún más para un hombre que ha sido educado desde la infancia para no comportarse como una “niña” y siente que no tiene derecho a expresar sus inseguridades emocionales.

Para el hombre es un riesgo sentirse inadecuado ante ciertas experiencias emocionales, con el temor de encontrar juicios negativos de otros y criticarse a sí mismo. En algunas familias, los niños son educados para no llorar, y por otro lado se aceptan socialmente las reacciones de ira, un sentimiento asociado con la “fuerza”.

Por esta razón, es posible que en la edad adulta los niños que han sido sometidos a este tipo de educación tiendan a manifestar su sufrimiento a través de reacciones de enojo. En estas situaciones puede faltar un vocabulario interno sobre las emociones, en particular la tristeza y la sensación de impotencia.

Y esta falta inteligencia emocional no le permite expresar con palabras lo que siente. Por lo tanto, puede ser importante para estas personas adentrarse en un curso de psicoterapia, para que puedan encontrar aspectos de sí mismos que alguna vez fueron olvidados y rechazados.

2. Los hombres pueden con todo solos

Otro sesgo social es que un hombre real nunca debe pedir ayuda. Esto significa que los hombres, en situaciones de sufrimiento y crisis emocional, son llevados a creer que tienen que hacer las cosas solos, sufriendo una condición de soledad y de autonomía débil.

Con mucha frecuencia estas creencias conducen a una dificultad creciente en el manejo del estrés y la ansiedad propios al depender de un comportamiento tan disfuncional. Estas personas recurren a negar su inseguridad o, en casos extremos, a la violencia, como si tomaran acción para comunicar su sufrimiento.

3. Tener muchas parejas es de “machos”

También surge otro prejuicio que une a muchos hombres jóvenes: para ser un hombre valioso, lo más importante es tener la mayor cantidad de parejas disponibles sexualmente en lugar de establecer relaciones de amor íntimas y estables. Este “sesgo” mental actualmente se mantiene y se promulga a través de las redes, la difusión de la pornografía es un ejemplo de esto.

Finalmente, otra mentalidad generalizada es la correlación entre poder y éxito para los hombres. Como se mencionó anteriormente en el artículo, es obvio que el hombre debe mostrarse “fuerte” y “poderoso”.

Sin embargo, estos requisitos a menudo se cumplen mediante el uso de la intimidación y la violencia. Piensa en el fenómeno del acoso escolar, que puede ser una modalidad disfuncional adoptada para prevalecer sobre los demás, obtener éxito y sentirse poderoso.

Desde la psicología, muchas veces se deduce que quien se convierte en el matón de la escuela suele esconder una gran cantidad de sufrimiento emocional, lo que vuelve imposible sacar a la luz las propias inseguridades y pedir ayuda.

Los programas educativos pueden ayudar

En este contexto, existe una necesidad urgente de intervenir a nivel social a través de programas educativos para desmantelar estos círculos mentales viciosos que no hacen más que fomentar creencias y comportamientos que solo son “aparentemente” satisfactorios, pero que no constituyen formas reales de crecimiento personal.

Finalmente, puede ser útil suavizar la distancia tan rígida entre cómo debería ser un hombre y cómo debería ser una mujer, abriéndonos a la idea de que incluso un hombre puede y debe tener características consideradas típicamente femeninas.

Tan solo considera las habilidades de escucha empática y la posibilidad de permitirte llorar y pedir ayuda en caso de que lo necesites.

La virilidad, el poder, la seguridad y la autonomía son cualidades que no son independientes del lado más sensible de uno. Es algo muy bueno poder integrar el amplio espectro de emociones dentro de la personalidad para así afirmar la identidad de un género estable que no sufra las condiciones de los estereotipos que explicamos anteriormente.

Bibliografía:
  1. Fiske S. T. (2017). Prejudices in Cultural Contexts: Shared Stereotypes (Gender, Age) Versus Variable Stereotypes (Race, Ethnicity, Religion). Perspectives on psychological science : a journal of the Association for Psychological Science12(5), 791–799. https://doi.org/10.1177/1745691617708204 [Enlace]
  2. ck P, Fiske ST, Mladinic A, Saiz JL, Abrams D, Masser B, Adetoun B, Osagie JE, Akande A, Alao A, Brunner A, Willemsen TM, Chipeta K, Dardenne B, Dijksterhuis A, Wigboldus D, Eckes T, Six-Materna I, Expósito F, Moya M, Foddy M, Kim HJ, Lameiras M, Sotelo MJ, Mucchi-Faina A, Romani M, Sakalli N, Udegbe B, Yamamoto M, Ui, Ferreira MC, López López W. Beyond prejudice as simple antipathy: Hostile and benevolent sexism across cultures. Journal of Personality and Social Psychology. 2000;79:763–775. [PubMed]
  3. Vincent, W., Parrott, D. J., & Peterson, J. L. (2011). Effects of Traditional Gender Role Norms and Religious Fundamentalism on Self-Identified Heterosexual Men’s Attitudes, Anger, and Aggression Toward Gay Men and Lesbians. Psychology of men & masculinity12(4), 383–400. https://doi.org/10.1037/a0023807 [PubMed]
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  5. Fiske ST. Stereotyping, prejudice, and discrimination. In: Gilbert DT, Fiske ST, Lindzey G, editors. Handbook of social psychology. 4th. Vol. 2. New York: McGraw-Hill; 1998. pp. 357–411.
  6. Cuddy AJC, Norton MI, Fiske ST. This old stereotype: The pervasiveness and persistence of the elderly stereotype. Journal of Social Issues. 2005;61:265–283.

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Equipo de Redacción. Mente Asombrosa ofrece artículos informativos sobre temas relacionados con la psicología y el bienestar emocional.

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