Muchos padres actuales desean ofrecer a sus hijos una infancia más respetuosa y menos autoritaria que la que ellos vivieron. Esa intención es positiva. El problema aparece cuando proteger al niño se convierte en eliminar cualquier incomodidad, resolverle todos los problemas o evitar que experimente las consecuencias naturales de sus decisiones.
La tolerancia a la frustración no es una cualidad con la que se nace completamente desarrollada. Se construye gradualmente cada vez que el niño debe esperar, corregir un error, aceptar un límite o intentar nuevamente algo que no salió como esperaba.
Los padres no son los únicos responsables. El temperamento, la edad, el sueño, el estrés y condiciones como TDAH, ansiedad o autismo también influyen en la regulación emocional. Sin embargo, ciertas respuestas familiares pueden ayudar a fortalecerla o, sin querer, dificultar su desarrollo.

1. Resolver inmediatamente todos sus problemas
Cuando el niño no puede completar una tarea, algunos padres intervienen antes de darle tiempo para pensar. Terminan su trabajo escolar, hablan por él, buscan lo que perdió o reconstruyen aquello que se le desarmó.
La ayuda produce un alivio inmediato, pero también puede transmitirle un mensaje involuntario: “No eres capaz de resolverlo sin mí”.
Antes de intervenir, conviene esperar unos momentos y preguntar:
- ¿Qué parte te está costando?
- ¿Qué podrías intentar ahora?
- ¿Quieres una pista o prefieres probar otra vez?
El adulto puede dividir el problema en pasos o mostrar el comienzo, pero debería devolverle la tarea al niño. Acompañar no significa sustituir.
2. Evitarle cualquier emoción incómoda
La tristeza, el aburrimiento, los nervios y la frustración no son fallas que deban eliminarse inmediatamente. Son experiencias normales que el niño necesita aprender a reconocer y manejar.
Si los adultos cambian todos los planes para que nunca se enoje, lo retiran de cualquier actividad difícil o lo distraen con una pantalla cada vez que se aburre, dispone de pocas oportunidades para practicar esa habilidad.
La investigación sobre regulación emocional señala que las respuestas de los padres influyen en la manera en que los niños interpretan y manejan sus emociones.
Una alternativa saludable sería decir:
“Entiendo que estás decepcionado. Querías ganar y no ocurrió. Puedes sentirte mal; cuando estés listo, veremos qué puedes hacer ahora”.
Validar la emoción no exige solucionar la situación ni conceder lo que el niño quería.
3. Ceder para detener cada rabieta
Una rabieta puede resultar agotadora, especialmente en un lugar público. Para terminarla, el adulto puede entregar el objeto, devolver el teléfono o retirar la consecuencia que había anunciado.
El problema es que el niño aprende rápidamente la relación entre su conducta y el resultado: si protesta con suficiente intensidad, el límite desaparece.
Esto no significa ignorarlo mientras sufre. El adulto puede permanecer cerca, hablar poco y garantizar su seguridad, pero mantener una regla razonable.
Por ejemplo:
“Sé que quieres continuar jugando. Estás muy enojado, pero el tiempo terminó”.
Cuando se calme, será posible hablar. Intentar convencerlo en el punto máximo de la rabieta suele ser poco efectivo, porque en ese momento su capacidad para escuchar y razonar está temporalmente reducida.
4. Premiar todas sus obligaciones
Los premios pueden ser útiles para iniciar una conducta nueva o alcanzar un objetivo específico. Sin embargo, pierden valor cuando cada responsabilidad cotidiana necesita una recompensa.
Si el niño pregunta “¿qué me vas a dar?” antes de guardar sus juguetes, hacer la tarea o colaborar en casa, puede comenzar a entender que todo esfuerzo solo vale si produce un beneficio inmediato.
No hace falta eliminar el reconocimiento. Conviene sustituir parte de los premios materiales por comentarios que destaquen el proceso:
- “Seguiste intentando aunque era difícil”.
- “Te organizaste sin que tuviera que recordártelo”.
- “Encontraste otra manera de resolverlo”.
Este tipo de reconocimiento dirige la atención hacia la perseverancia, la estrategia y la responsabilidad.
5. Exigir resultados perfectos
Sobreproteger no es el único modo de debilitar la tolerancia. La exigencia excesiva también puede hacerlo.
Cuando un adulto reacciona mal ante una calificación baja, corrige cada pequeño defecto o compara continuamente al niño, este puede aprender que equivocarse resulta vergonzoso.
Como consecuencia, algunos niños abandonan rápidamente las actividades que no dominan. Otros evitan probar cosas nuevas para no arriesgarse a fallar.
La tolerancia a la frustración necesita permiso para cometer errores.
En lugar de preguntar únicamente qué calificación obtuvo, puede preguntarse:
- ¿Qué parte aprendiste?
- ¿Dónde te equivocaste?
- ¿Qué cambiarías en el siguiente intento?
- ¿Necesitas practicar o todavía no comprendiste algo?
No se trata de celebrar la falta de esfuerzo, sino de separar el valor personal del resultado.
6. Impedir que experimente consecuencias razonables
Si el niño olvida repetidamente un material y el padre siempre regresa a buscarlo, nunca descubre por qué necesita preparar su mochila.
Si rompe deliberadamente un juguete y recibe otro inmediatamente, tampoco experimenta la consecuencia de no cuidarlo.
Las consecuencias saludables deben ser seguras, proporcionales y relacionadas con la conducta. No buscan hacer sufrir, sino permitir que el niño conecte sus decisiones con los resultados.
Por ejemplo:
- Si deja un juego afuera y se moja, participa en secarlo.
- Si ensucia deliberadamente, ayuda a limpiar.
- Si trata mal a alguien, debe intentar reparar el daño.
- Si utiliza incorrectamente un privilegio, puede perderlo durante un periodo razonable.
Evitar toda consecuencia puede aliviar el malestar del adulto y del niño, pero dificulta el aprendizaje de responsabilidad.
7. Ocultar o manejar mal las propias emociones
Los niños aprenden observando cómo reaccionan sus padres cuando algo falla. Si el adulto grita ante un error pequeño, insulta mientras conduce o abandona cualquier tarea difícil, está mostrando una manera de responder a la frustración.
El extremo contrario tampoco ayuda: fingir que nunca existen el enojo, el cansancio o la tristeza impide enseñar cómo se manejan.
El adulto puede expresar la emoción de manera regulada:
“Me estoy frustrando porque esto no funciona. Voy a respirar, descansar unos minutos y después intentar otra solución”.
Un metaanálisis de 53 estudios encontró relaciones entre la regulación emocional de los padres, sus prácticas de crianza y la adaptación emocional de los hijos.
Los niños no necesitan padres permanentemente tranquilos. Necesitan observar adultos capaces de reconocer lo que sienten, controlar sus actos y reparar cuando se equivocan.
Cómo se reconoce una baja tolerancia a la frustración

La reacción debe interpretarse según la edad. Es normal que un niño pequeño todavía necesite mucha ayuda para regularse.
La dificultad puede ser mayor cuando el niño:
- Abandona cualquier actividad al primer error.
- Tiene reacciones muy intensas ante límites pequeños.
- Necesita ganar siempre.
- Rompe objetos cuando algo no sale como esperaba.
- Evita desafíos por miedo a equivocarse.
- Culpa automáticamente a los demás.
- Exige ayuda antes de haberlo intentado.
- No puede esperar brevemente por algo que desea.
Una conducta ocasional no define al niño. Lo importante es observar la intensidad, la frecuencia, la duración y los lugares donde aparece.
Qué hacer en el momento de la frustración
Cuando el niño está alterado, el adulto puede seguir cuatro pasos sencillos:
1. Nombrar la emoción
“Parece que te frustró mucho que la torre se cayera”.
Nombrar lo que ocurre ayuda al niño a reconocer su experiencia.
2. Mantener el límite
“Puedes estar enojado, pero no puedes arrojar las piezas”.
Se acepta la emoción, no cualquier conducta.
3. Reducir el desafío
“Primero construyamos la base. Después vemos la parte de arriba”.
Dividir el problema lo hace manejable sin eliminarlo.
4. Reconocer el esfuerzo
“Te costó, descansaste y después volviste a intentarlo”.
El reconocimiento debe centrarse en lo que el niño hizo para afrontar la dificultad.
No toda frustración fortalece
Exponer a un niño a una dificultad excesiva y dejarlo completamente solo no genera automáticamente resiliencia. Puede producir miedo, impotencia o abandono.
La frustración útil es moderada, segura y adecuada para su edad. El adulto permanece disponible, pero no borra el obstáculo.
La resiliencia se desarrolla mediante una combinación de desafíos manejables y relaciones estables que ofrecen seguridad. El mensaje no es “arréglatelas solo”, sino:
“Confío en que puedes intentarlo y estaré cerca si realmente necesitas ayuda”.
Cuándo podría existir algo más que falta de práctica
Si las reacciones son extremadamente intensas, duran mucho tiempo o afectan la escuela, las amistades y la convivencia familiar, conviene consultar con un pediatra o especialista.
Una baja tolerancia aparente puede estar relacionada con:
- TDAH.
- Ansiedad.
- Autismo.
- Dificultades del lenguaje o aprendizaje.
- Problemas sensoriales.
- Falta de sueño.
- Acoso escolar o estrés familiar.
En esos casos, exigir que el niño “se controle” sin investigar la causa puede aumentar el problema.
La meta no es criar hijos que nunca se enfaden o se entristezcan. Es enseñarles que una emoción incómoda puede sentirse sin que determine completamente su conducta.
Un niño desarrolla tolerancia cuando descubre, poco a poco, que puede equivocarse, esperar, perder, volver a empezar y pedir ayuda sin que otra persona tenga que eliminar inmediatamente cada dificultad.
Fuentes consultadas
- Revisión sistemática sobre crianza y regulación emocional infantil
- Metaanálisis sobre estilos parentales y desregulación emocional
- Metaanálisis sobre regulación emocional de los padres y adaptación infantil
- Investigación sobre acomodación familiar y respuestas infantiles ante el malestar
- Revisión científica sobre el desarrollo de la resiliencia infantil
- Asociación Estadounidense de Psicología: guía de resiliencia para padres y maestros

Deja un comentario